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    Vigésimo Sexto Escalón: del Discernimiento - Parte 2

61. Una cosa es la vigilancia de los pensamientos; otra el cuidado del espíritu. El Oriente está tan alejado del Occidente como la segunda está elevada por encima de la primera y es más difícil de alcanzar.

62. Una cosa es rezar para ser liberado de los pensamientos; otra, contradecirlos y otra, despreciarlos y pasarlos por encima. De la primera actitud, tenemos el siguiente testimonio: "Oh Yahvé, corre en mi ayuda" (Sal 69: 2) y otras cosas semejantes; de la segunda, éstos otros: "Daré respuesta al que me insulta, porque confío en tu palabra" (Sal 118:42) para rechazarlos; y "Habladuría nos haces de nuestros convecinos" (Sal 79:7). También de la tercera da razón el salmista: "Me callo ya, no abro la boca, pues eres Tú el que actúas" (Sal 38:10), "Pondré un freno en mi boca mientras esté ante mí el impío" (Sal 38:2), y: "Los soberbios me insultan hasta el colmo, yo no me aparto de tu ley" (Sal 118:51). El que se mantiene en el segundo grado también deberá usar a menudo la primera forma de lucha, cuando sea tomado de improviso. Quien se encuentra en el primer grado no puede rechazar a sus enemigos por la segunda. Pero quien alcanza el tercer grado desprecia completamente a los demonios.

63. Naturalmente es imposible que lo que es incorpóreo sea contenido en los límites de lo que es corporal; pero todo es posible para quien posee a Dios.

64. Así como los que tienen buen sentido del olfato pueden descubrir a los que tienen perfumes ocultos, el alma pura discierne en los otros tanto el buen aroma que ella misma obtuvo de Dios como la hediondez de la que fue liberada, aunque esto no pueda ser percibido por los otros.

65. No es posible que todos lleguemos a ser impasibles; pero no es imposible que todos seamos salvados y que nos reconciliemos con Dios.

66. No te dejes dominar por esos extraños pensamientos: quieren penetrar indiscretamente en las disposiciones inefables y providenciales de Dios y saber por qué algunos tienen visiones, sugiriéndote en secreto que Dios hace excepciones. Son hijos del orgullo y se los reconoce como tales.

67. Hay un demonio de la avaricia que a veces simula humildad; y hay un demonio de la vanagloria que incita a la misericordia y un demonio de la sensualidad que hace lo mismo. Si estamos purificados, sin embargo, de uno y de otro, no dejemos de ejercer misericordia en toda circunstancia.

68. Hay quienes consideran que unos demonios se oponen a otros. Pero yo sé que todos buscan nuestra perdición.

69. Nuestra propia resolución y nuestro deseo santo, con la ayuda de Dios preceden siempre en nosotros cada acto espiritual, visible o interior; pues si los primeros no se ponen como fundamento, el segundo no tendrá lugar.

70. Si, como dice el Eclesiastés (3:1), "todo tiene su momento, y cada cosa, su tiempo bajo el cielo" — y por "cada cosa" debemos entender todo lo que concierne a nuestro santo género de vida — , prestemos atención, se los ruego, y busquemos en cada momento lo que concierne a este tiempo. Es cierto que para los que combaten, existe un tiempo de impasibilidad y un tiempo para el dominio de las pasiones; digo esto para los combatientes que hacen su aprendizaje; hay un tiempo para las lágrimas y un tiempo para la dureza de corazón; un tiempo para obedecer y un tiempo para dar órdenes; un tiempo para hacer ayuno y un tiempo para tomar parte de las comidas; un tiempo para combatir al cuerpo, nuestro enemigo, y un tiempo en el que el fuego está muerto; un tiempo de tempestad para el alma y un tiempo de calma del espíritu; un tiempo de tristeza del corazón y un tiempo de alegría espiritual; un tiempo para enseñar y un tiempo para escuchar; un tiempo para las faltas, quizás a causa de nuestro orgullo, y un tiempo de purificación por la humildad; un tiempo para el combate y un tiempo de tregua, lejos del peligro; un tiempo para la hesychía y un tiempo para dedicarse sin distracciones a la actividad; un tiempo para la oración continua y un tiempo para el servicio sincero.

No nos dejemos engañar por un celo orgulloso que nos empuja a buscar anticipadamente lo que ha de venir al llegar su hora.

Es decir, no busquemos en invierno lo que vendrá en verano, o en la época de la siembra lo que debe venir en la de la cosecha; pues hay un tiempo para sembrar los trabajos y un tiempo para recoger los inefables dones de la gracia. De otra forma, incluso cuando llega el momento, no recibiremos lo que es propio de este tiempo.

71. Por una inefable economía, algunos recibieron santas recompensas por sus labores antes de haber trabajado; otros durante sus trabajos; otros, después; otros, a la hora de su muerte. Busca cuál de entre ellos llegó a ser más humilde.

72. Existe una desesperación que resulta de una multitud de pecados, de una conciencia cargada y de un enojo insoportable, cuando el alma está cubierta por múltiples heridas y, bajo este peso, se hunde en el abismo de la desesperación. Hay otra forma de desesperación que proviene del orgullo y de la autoestima, cuando pensamos que no merecíamos caer como lo hicimos. Un observador atento destacará los rasgos particulares de cada uno: el primero nos lleva a abandonarnos, de ahí en adelante, a la indiferencia; la segunda nos mantiene en la ascesis, en el seno de la desesperación, aunque parezca que esto no sirve para nada. El primero podrá curarse por la abstinencia y por una esperanza fiel, y el segundo, por la humildad y no juzgando a nadie.

73. No nos sorprendamos si vemos a algunas personas hacer cosas malas y decir cosas buenas, porque incluso en el paraíso, el orgullo empujó a la serpiente a ensalzarse y causó así su perdición.

74. En todas tus empresas y en toda tu conducta, si vives en la obediencia o si no dependes de nadie, en tus obras exteriores y en tu vida espiritual, ten por principio y por regla preguntarte si lo que haces es según Dios. Por ejemplo, cuando somos principiantes y emprendemos cualquier tarea, si esta acción no aumenta la humildad en nuestra alma, entonces sea grande o no, me parece que no la cumplimos según Dios. Pues mientras somos todavía niños en la vida espiritual, es el crecimiento en la humildad lo que nos da la certeza de que cumplimos la voluntad del Señor; para los que están más avanzados, es más bien la finalización de los combates; y para los perfectos, es el aumento y la profusión de la luz divina.

75. Incluso las pequeñas cosas pueden no ser pequeñas para los grandes; pero para los pequeños, incluso las grandes cosas no son absolutamente perfectas.

76. Cuando el cielo está libre de nubes, el sol brilla; de la misma manera, un alma liberada de sus malas predisposiciones y que obtuvo el perdón, ve perfectamente la luz divina.

77. El pecado es una cosa; la pereza, otra; la negligencia, otra; la pasión, otra; la caída, otra. Quien pueda profundizar esto en el Señor, busque su esclarecimiento.

78. Algunos consideran que el don de hacer milagros, y que se vean, está por encima de todos los dones espirituales, pero ignoran que hay muchos otros más elevados que están ocultos y que, por eso, no exponen a caer.

79. Quien está totalmente purificado ve el alma de su prójimo, no en sí misma, sino en cuanto a las disposiciones que encuentra. El que está adelantado juzgado el estado del alma a partir del cuerpo.

80. Un pequeño fuego incendia a menudo todo un bosque; de la misma manera, una pequeña falla puede corromper todo nuestro trabajo.

81. Existe un consuelo otorgado a nuestro enemigo que despierta la energía del espíritu, sin excitar el fuego de las pasiones; es una maceración del cuerpo que incluso provoca movimientos de la carne. Es para que no depositemos la confianza en nosotros, sino en Dios, quien sin que lo sepamos, mortifica la concupiscencia que vive en nosotros.

82. Cuando veamos que algunos nos aman en el Señor, cuidémonos de darles demasiada libertad, pues nada destruye tanto el amor ni engendra tanto el odio como la excesiva libertad.

83. El ojo del alma es espiritual y extremadamente bello; sobrepasa todo, excepto las naturalezas angélicas. Por eso, incluso aquellos que están dominados por las pasiones, pueden conocer a menudo los pensamientos en las almas de los otros, a causa del gran amor que les tienen, sobre todo si están inmersos en las manchas de barro.

84. Que el que lea comprenda que nada se opone tanto a la naturaleza inmaterial como la naturaleza material.

85. Para la gente del mundo, las investigaciones curiosas se oponen a la providencia de Dios; entre los monjes, a la ciencia espiritual.

86. Que aquellos cuya alma enfermiza reconozcan la visita de Dios en las afecciones del cuerpo, los peligros y las tentaciones exteriores; los perfectos la reconocen en la presencia del Espíritu Santo en ellos y en el acrecentamiento de los dones espirituales.

87. Existe un demonio que se aproxima a nosotros y nos arroja pensamientos malos e impuros cuando nos acostamos en nuestro lecho; su objetivo es obtener que, si omitimos por indolencia levantarnos para rezar y si no tomamos las armas contra él, nos adormezcamos con estos pensamientos impuros y tengamos sueños igualmente impuros.

88. Existe un espíritu malvado, que se llama precursor, que nos asalta apenas nos despertamos para mancillar nuestro primer pensamiento. Entrega al Señor las primicias de tu día, pues éste pertenecerá a aquel que primero toma posesión de ellas. Un trabajador excelente me dijo estas palabras memorables: "Desde el comienzo de mi jornada, sé cuál será todo su desarrollo."

89. Muchos caminos conducen a la piedad y muchos también conducen a la perdición. A menudo un camino que no conviene a uno se adapta perfectamente a otro y la intención de los dos es agradable al Señor.

90. En todas las tentaciones que se nos presentan, los demonios se esfuerzan para hacernos decir o hacer lo que no conviene. Y si no logran su objetivo, permanecen sin hacer ruido, cerca de nosotros y nos sugieren que ofrezcamos al Señor una orgullosa acción de gracias.

91. Después de su partida, aquellos cuyo espíritu se dirige a las cosas de lo alto, van hacia las alturas; pero, aquellos cuyo espíritu se inclina hacia lo bajo, también descienden a lo bajo. Para los difuntos no hay lugar intermedio.

92. Hay una criatura que recibió su ser no en sí misma, sino en otra; y lo sorprendente es que puede subsistir fuera de aquella de la que recibió el ser.

93. Las hijas piadosas nacen de madres piadosas y las madres son engendradas por el Señor. Y no sería malo aplicar esta regla en sentido contrario.

94. Moisés, o mejor aún, Dios mismo, prohíbe al cobarde ir al combate, para que no caiga en un extravío espiritual peor que su primera caída corporal (cf. Dt 20:8). Y es justicia.

Del discernimiento juicioso

95. Así como el ciervo abrasado por la sed languidece cerca de las aguas vivas (cf. Sal 41:2), de igual manera los monjes desean conocer la santa voluntad de Dios; y no únicamente ésta, sino lo que sólo es parcialmente conforme a ella y lo que le es contrario. He aquí un tema del que no tenemos mucho para decir y que es difícil de explicar.

Por ejemplo, hay cosas que debemos hacer y que deben ser llevadas a cabo inmediatamente, sin demora y lo antes posible, según está escrito: "No te tardes en volver al Señor, no lo difieras de un día para otro, pues de pronto salta la ira del Señor" (Co 5:7); y a la inversa, las hay que exigen más moderación y circunspección, como invita aquel que dice: "Con sabios consejos harás la guerra" (Pr 24:6), e incluso: "Hágase todo con decoro y orden" (1 Co 14:40). En efecto, no todo el mundo puede dar un diagnóstico rápido y preciso sobre los aspectos de un discernimiento tan difícil. El mismo David, lleno de Dios y por quien hablaba el Espíritu Santo, a menudo imploraba ese don y decía: "Enséñame a cumplir tu voluntad, porque Tú eres mi Dios" (Sal 142:10), o: "Hazme saber el camino a seguir porque hacia Ti levanto mi alma" (Sal 142:8).

96. Los que desean aprender la voluntad del Señor deben primero mortificar la suya. Luego, y después de haber rezado a Dios con fe y simplicidad, sin malicia, que interroguen a los padres e incluso a los hermanos con humildad de corazón, sin ninguna duda, y que reciban entonces sus consejos como de labios del Señor, incluso si estas opiniones se oponen a sus propias aspiraciones e incluso si aquellos a los que consultaron no son muy espirituales. Pues Dios no es injusto; no inducirá al error a las almas que se someten humildemente, con fe y simplicidad al juicio y al consejo de su prójimo.

Aun cuando los consultados sean bestias sin razón, quien habla es el Inmaterial y el Invisible.

Están llenos de gran humildad los que consienten en ser guiados por esta regla sin admitir la menor duda. Pues si alguien resolvía sus dificultades con la cítara (cf. Sal 48:5), ¿no creen que un espíritu razonable y un alma espiritual podrían aportarnos una respuesta mejor que un objeto inanimado?

97. Muchos, que no recibieron este bien en su perfección y de manera cómoda a causa de su complacencia, pero que se esforzaron en descubrir en sí mismos y por sí mismos lo que complace al Señor, nos dejaron numerosas y variadas distinciones sobre este tema.

98. Algunos de los que buscaban la voluntad de Dios alejaron de su pensamiento todo apego a dos opciones que se presentaban en su alma: emprender tal acción u obrar en sentido opuesto. Durante cierta cantidad de días, en ferviente oración, presentaron al Señor su espíritu despojado de toda voluntad ya sea porque un espíritu habló espiritualmente a su alma o porque uno de los dos pensamientos desapareció completamente de la misma.

99. Otros comprendieron que su empresa era conforme a Dios por las tribulaciones y obstáculos que la acompañaron; pues está escrito: "Quisimos ir a vosotros — yo mismo, Pablo, lo intenté una y otra vez — , pero Satanás nos los impidió" (1 Ts 2:18).

100. Otros, por el contrario, reconocieron que su designio complacía a Dios en el curso inesperado que se presentó en su tarea y dijeron: "En todas las cosas interviene Dios para bien de los que lo aman" (Rm 8:28).

101. Quien logró que Dios resida en él por iluminación divina, recibe la certeza de su voluntad y sabe si la acción debe ser llevada a cabo urgentemente o si puede esperar.

102. Dudar en los juicios y permanecer por mucho tiempo en la duda sin ninguna certeza es signo de que el alma no está iluminada y ama la gloria.

103. Dios no es injusto y no cierra su puerta a los que la golpean con humildad.

104. En todas nuestras empresas, tanto las urgentes como las que es mejor diferir, que nuestra intención se remita al Señor. Pues las acciones libres de toda atadura y de toda impureza se cuentan como buenas si fueron cumplidas únicamente por el Señor, excluyendo cualquier otro fin, incluso si estas acciones no fueron completamente buenas. Pero si intentamos hacer lo que supera nuestras fuerzas, el resultado será peligroso.

105. Los juicios del Señor sobre nosotros son impenetrables. A veces, por una disposición providencial deja que ignoremos su voluntad, sabiendo que si la conocemos, la desobedecemos y deberemos luego recibir un gran castigo.

106. Un corazón recto permanece libre de preocupaciones entre la multiplicidad de asuntos y navega seguro en el barco de la inocencia.

107. Existen almas valientes que, por amor a Dios y con humildad de corazón, emprenden tareas que las superan y existen corazones orgullosos que hacen lo mismo. Pues nuestros enemigos a menudo nos sugieren cosas que superan nuestras fuerzas para que caigamos en la apatía, abandonemos incluso lo que está a nuestro alcance y lleguemos así a ser motivo de risa para nuestros enemigos.

108. Vi a algunas personas, que tenían el alma enferma y el cuerpo a punto de enfermar, que emprendían, a causa de la multitud de sus pecados, combates superiores a sus fuerzas, que no podían sostener. A ellos les digo que Dios juzga nuestro arrepentimiento a partir de nuestra humildad y no a partir de nuestros trabajos.

109. A veces la educación es la causa de graves desarreglos y otras, las malas compañías; pero lo más frecuente es que un alma pervertida sea ella misma el origen de su propia ruina. Quien está exento de los dos primeros males puede estarlo también del tercero; pero quien se encuentra en el último caso, está descalificado en cualquier lugar en que se encuentre. No hay sitio más seguro que el cielo.

110. Cuando los que pelean con nosotros tienen mala voluntad, sean incrédulos o heréticos, cesemos la discusión, luego de una primera y de una segunda advertencia (cf. Tt 3:10). Pero con los que desean conocer la verdad, "no nos cansemos de obrar el bien" (Ga 6:9). En uno y otro caso aprovechemos la ocasión para fortalecer nuestro propio corazón (cf. Hb 13:9).

111. Es irracional que pierda la esperanza quien escucha hablar de virtudes por encima de la naturaleza entre los santos. Todo lo contrario, éstas enseñan excelentemente una de estas dos cosas: despiertan en ti la emulación por su gran coraje o bien te conducen por medio de la humildad tres veces santa a un profundo desprecio de ti mismo y a la conciencia de tu debilidad congénita.

112. Entre los demonios impuros y malos, algunos son peores que otros, ya que nos sugieren no pecar solos, sino tener cómplices en el mal, para que nuestro castigo sea más severo. Conocí a uno que adoptó un mal hábito de un discípulo y, aunque recobró sus mejores sentimientos y comenzó a arrepentirse, renunciando a hacer el mal, su arrepentimiento fue ineficaz, a causa de la influencia del discípulo.

113. Grande, verdaderamente grande e incomprensible, es la maldad de los espíritus malignos; pocos la perciben, y pienso que éstos sólo ven una parte de ella. Así, ¿cómo puede ser que hartándonos de comida, podamos mantenernos en vigilia, dueños de nosotros mismos, en tanto que mientras hacemos ayuno y nos apenamos, nos sentimos miserablemente abatidos por el sueño? O ¿por qué nuestro corazón llega a endurecerse después de practicar la hesychía mientras que viviendo con otros nos gana la compunción? ¿Por qué nos tienta el sueño cuando tenemos hambre mientras que, satisfechos, no experimentamos esas tentaciones? En las privaciones, nos invaden las tinieblas y nos falta compunción, pero si bebemos vino, nos sentimos plenos de animación y fácilmente tocados de compunción. Que quien recibió capacidad del Señor aporte luz en esta materia a los que están privados de ella; pues nosotros no fuimos instruidos en este tema. Podemos decir solamente que tales vicisitudes no siempre provienen de los demonios. Y esto me ocurre también, a veces, por el temperamento que recibí y la sórdida y glotona masa de carne que me envuelve.

114. Acerca de estas variaciones de las que acabamos de hablar y cuyo discernimiento es tan difícil, recemos humilde y sinceramente al Señor. Y si después de haberle suplicado durante un cierto tiempo, constatamos que lo mismo continúa produciéndose en nosotros, sepamos con certeza que no proviene del demonio, sino de la naturaleza. A menudo, por una disposición providencial, Dios quiere otorgarnos sus beneficios por medio de lo que nos es contrario, disminuyendo así nuestro orgullo con todos los recursos.

115. Es peligroso sondear con curiosidad en el abismo de los juicios divinos, pues los curiosos navegan en el barco del orgullo. Sin embargo, es necesario decir algo, a causa de la debilidad de muchos.

116. Alguien preguntaba a uno de los que son capaces de ver claro en esto: "¿Por qué Dios favorece a algunos, prevé sus caídas y les otorga dones espirituales y poder para realizar milagros?" Le respondió: "Para volver más circunspectos a los otros espirituales, mostrar la libertad de la voluntad humana y quitar a aquellos que caen, toda excusa a la hora del juicio."

117. La ley es imperfecta: "Ten cuidado y guárdate bien" (Dt 4:9). Pero el Señor, que está por encima de toda perfección, nos impuso la corrección fraterna, diciendo: "Si tu hermano llega a pecar..." (Mt 18:15) y lo que sigue. Si tu reprensión, o mejor aún, tu advertencia, es pura y humilde, no debes dejar de cumplir el mandamiento del Señor. Pero si todavía no te encuentras allí, respeta al menos el precepto impuesto por la ley.

118. No te sorprendas si ves que los que amas te toman odio a causa de tus reprimendas. Los espíritus ligeros son instrumentos de los demonios, que se sirven especialmente de ellos contra sus enemigos.

119. Algo me sorprende profundamente en esto que nos concierne: ¿por qué nos inclinamos tan fácil y prontamente a las pasiones si para practicar la virtud cooperan con nosotros Dios Todopoderoso, los ángeles y los santos, y para el vicio, solamente el malvado demonio? No quiero profundizar más, porque no me siento capaz de hacerlo.

120. Si las cosas creadas subsisten en un estado conforme a su naturaleza; ¿por qué, como dice el gran Gregorio, estoy mezclado con el barro, yo, la imagen de Dios? Si alguna criatura se encuentra en un estado diferente de su naturaleza original, seguramente tendrá un deseo insaciable por Aquel a quien se asemeja. El hombre deberá valerse de todos los medios para elevarse del barro, por así decir, hasta el trono de Dios y sentarse en él. Y que nadie busque pretextos para no emprender este ascenso, pues el camino y la puerta están abiertos.

121. Los tratados de virtud de los padres espirituales revelan el celo del espíritu y del alma; escuchar sus palabras instructivas incita a sus fervientes admiradores a imitarlas.

122. El discernimiento es una lámpara en las tinieblas, un camino de regreso para los que se extraviaron, una luz para los que tienen débil la vista. Quien lo posee, recobra la santidad y destruye la enfermedad.

123. Los que se sorprenden por las pequeñas cosas lo hacen por dos motivos: por una profunda ignorancia o por humildad, alabando y realzando las acciones del prójimo.

124. Esforcémonos no sólo para luchar contra los demonios, sino también para declararles la guerra. En el primer caso, por momentos los vencemos y por momentos nos vencen ellos, pero en el segundo, se persigue al enemigo sin descanso.

125. Quien vence las pasiones, hiere a los demonios; fingiendo estar sujeto todavía a las pasiones, engaña a sus enemigos y no es más combatido por ellos. Un día, un hermano fue tratado ignominiosamente y rezó en su interior; luego comenzó a quejarse de esas injurias ocultando su impasibilidad con una pasión ficticia. Otro hermano, que no deseaba de ninguna manera el primer lugar, aparentaba trabajar para obtenerlo. ¿Cómo describir la castidad de aquel hombre que, entregándose aparentemente al pecado, se encontraba en un lugar infame, pero que dejaba a un lado el pecado por una vida de ascesis? Un día le trajeron un racimo de uvas a otro hesicasta; después que se fue el que se lo había traído, se apresuró a comerlas, pero sin tener deseos de hacerlo, para parecer goloso a los ojos de los demonios. Otro, que había perdido una hojas de palmera, fingió todo el día estar afligido por ello. Pero es necesario, poseer gran sobriedad espiritual para mantener una conducta semejante, pues de otra manera podría ocurrir que por querer jugar con los demonios, se termine jugando consigo mismo. De ellos, sin ninguna duda, dijo el Apóstol: "Tenidos por impostores, siendo veraces" (2 Cor 6:8).

126. Quien desea ofrecer a Cristo un cuerpo casto y presentarle un corazón puro, debe conservar cuidadosamente la ausencia de cólera y la abstinencia, pues sin estas dos virtudes toda nuestra labor es inútil.

127. Las luces que hieren los ojos de los hombres son diversas: así, el sol espiritual cubre el alma con su sombra de numerosas y variadas maneras. Una proviene de las lágrimas del cuerpo; otra, de las lágrimas del alma; una proviene de los ojos del cuerpo y otra, de los ojos del intelecto. Una es la exultación que proviene de oír palabras y otra se forma en el alma; una nace de la calma y otra, de la obediencia. Y además de todas éstas, existe otra que, de una forma que le es propia, pone al intelecto en presencia de Cristo, de manera inefable e inexpresable, con una luz inteligible.

128. Existen virtudes y existen madres de virtudes. El sabio se esfuerza por adquirir preferentemente estas últimas. Dios mismo es quien enseña estas madres de virtudes con su propio accionar; por el contrario, muchos son los que enseñan las virtudes hijas.

129. Tengamos cuidado de no compensar la abstinencia de comida con demasiado sueño; una conducta semejante es propia de los insensatos, igual que la inversa, por otra parte.

130. Vi trabajadores espirituales que, en una circunstancia particular, otorgaban un ligero consuelo a su estómago; pero inmediatamente después, estos valientes ascetas atormentaron al miserable haciendo vigilia toda la noche y de esa forma le enseñaron a separarse de la saciedad de ahí en adelante con alegría.

131. El demonio del amor al dinero combate violentamente a los que no poseen nada; si no puede vencerlos, les propone persuadir a los hombre no materialistas de que vuelvan a ser materialistas.

132. Cuando estemos desanimados, no dejemos jamás de recordar el mandamiento del Señor que ordenaba a Pedro perdonar setenta y siete veces al pecador (cf. Mt 18:22). Pues quien dio a otro este precepto, lo hará él mismo mucho más. Pero cuando nuestro corazón se eleve, recordemos estas palabras: "Quien cumple enteramente la ley espiritual, pero comete falta con respecto a una única pasión, es reo de todas" (St 2:10).

133. Algunos de los espíritus malvados y envidiosos abandonaron voluntariamente a los santos; como temen ser vencidos, no quieren procurarles laureles de triunfo a los que atormentan.

134. "Bienaventurados los que trabajan por la paz" (Mt 5:9). Nadie contradice esto. Pero también vi bienaventurados sembradores de discordia. Dos hermanos se habían unido por un afecto impuro. Pero un padre iluminado por Dios, un hombre de una gran experiencia, fue el instrumento por el cual llegaron a odiarse: le contó a uno que el otro hablaba mal de él, después hizo lo mismo con el otro. Y este hombre muy sabio logró descubrir la malicia de los demonios, por medio de una artimaña humana, e hizo nacer un rencor que destruyó esa unión impura.

135. Algunos dejan de lado un mandamiento a causa de otro mandamiento. He visto a jóvenes que experimentaban un sentimiento recíproco según Dios, y sin embargo, para no agraviar la conciencia del otro, se persuadieron mutuamente de separarse por un .tiempo.

136. Un matrimonio difiere de un entierro tanto como se contradicen el orgullo y la desesperación. Y sin embargo, los demonios causan un desorden tal que uno puede encontrar a los dos juntos.

137. Algunos demonios impuros interpretan por nosotros las Sagradas Escrituras, cuando comenzamos la vida monástica. Actúan de esa manera en el corazón de aquellos que son vanidosos y que ejercitan la sabiduría profana, para conducirlos a la herejía y a la blasfemia, engañándolos poco a poco. La confusión y la alegría sin moderación que se difunden en el alma durante estas explicaciones nos permiten reconocer esta teología diabólica, o más bien esta logomaquia.

138. Todas las criaturas recibieron del Creador, su orden y su comienzo y algunos también su fin. Pero la virtud no tiene término. Pues dijo el salmista: "De todo lo perfecto he visto el límite: ¡Qué inmenso es tu mandamiento!" (Sal 118:96). Si algunos buenos trabajadores espirituales ascienden de la virtud de la acción a la virtud de la contemplación (cf. Sal 83:8); si, por otra parte, la caridad no termina jamás (cf. 1 Co 13:8), y si el Señor cuida tu entrada, que es el temor, y tu salida que es la caridad (cf. Sal 120:8), se puede llegar a la conclusión de que ésta no termina. No cesaremos jamás de progresar en ella, en este siglo presente o en el futuro, agregando sin cesar luz sobre luz. Y aunque a muchos les parezca extraño lo que acabo de decir, sin embargo, lo sostengo. Del razonamiento precedente, bienaventurado Padre, saco como conclusión que incluso las substancias espirituales — es decir, los ángeles — no dejan de progresar; al contrario, agregan sin cesar gloria sobre gloria y conocimiento sobre conocimiento.

139. No te sorprendas si los demonios nos sugieren, a veces, buenos pensamientos y luego los combaten en nuestro espíritu. El objetivo de nuestros enemigos es persuadirnos así de que penetran los pensamientos de nuestro corazón.

140. No juzgues severamente a los que enseñan grandes cosas con palabras, si los ves menos apurados para ponerlas en práctica; a menudo la utilidad de las palabras compensa la penuria de las obras. No poseemos todos los bienes de igual manera: para algunos la palabra supera las obras; para otros, sucede lo contrario.

141. Dios no es ni el autor ni el creador del mal; se engañan los que pretenden que ciertas pasiones son naturales en el alma, ignorando que convertimos en pasiones las cualidades constitutivas de nuestra naturaleza. Por ejemplo: la naturaleza nos da el es-perma para la procreación; pero nosotros lo pervertimos empleándolo para la lujuria. La naturaleza puso en nosotros el enojo contra la serpiente, pero nos servimos de él contra nuestro prójimo. La naturaleza nos provee de celo para emular la virtud, pero lo usamos para el mal. En el alma, por naturaleza, existe el deseo de la gloria, pero la de lo alto. Lo natural en nosotros es ser arrogantes, pero contra los demonios. También la alegría es natural en nosotros, pero a causa del Señor y del bien que le ocurre a nuestro prójimo. La naturaleza también nos dio el resentimiento, pero contra los enemigos del alma. Recibimos el deseo de una buena alimentación, pero no del exceso en la mesa.

142. Un alma generosa excita a los demonios contra ella. Pero cuando aumentan los combates, los triunfos se multiplican. Quien jamás fue golpeado por el enemigo, jamás será coronado. Al contrario, quien no se deja abatir a pesar de las caídas, será glorificado por los ángeles como buen combatiente.

143. Quien pasa tres noches en la tierra, vuelve para siempre a la vida; y quien fue victorioso en tres momentos diferentes no morirá jamás.

144. Por una disposición providencial destinada a nuestra educación, ocurre que el sol, luego de salir en nosotros, se oculta por primera vez; al esconderse, se extienden las tinieblas (cf. Sal 17:12) y llega la noche; durante ésta, los jóvenes leones, que nos habían dejado antes, vuelven a nosotros, con todas las bestias del espinoso bosque de las pasiones; rugen para arrancarnos la esperanza y piden a Dios su alimento de pasiones, en pensamientos o en acciones. Entonces, la oscuridad de la humildad hará que el sol salga de nuevo en nosotros y las bestias salvajes se reunirán y se acostarán en sus guaridas (Sal 103:20-23), es decir, en los corazones sensuales, pero no en nosotros. Los demonios se dicen entre sí: "El Señor ha hecho mucho por ellos, al darles nuevamente su misericordia"; y nosotros respondemos: "Grandes cosas hizo por nosotros Yahvé, el gozo nos colmaba" (Sal 125:3) pero ustedes fueron rechazados. El Señor está sobre una nube ligera — sin duda, el alma que se elevó por encima de todos los deseos terrenales — y va a Egipto — el corazón, antes en tinieblas — , y pulverizará a los ídolos hechos por la mano del hombre (Is 19:1), es decir, los malos pensamientos del intelecto.

145. Si Cristo Todopoderoso huyó corporalmente ante Herodes, aprendan los temerarios a no arrojarse en las tentaciones. Pues está dicho: "¡No deje Él tibubear tu pie!, ¡no duerme tu guardián!" (Sal 120:3).

146. El orgullo siempre se enlaza en torno al coraje, como una enredadera en torno al árbol. Trabajemos incansablemente para no admitir siquiera el simple pensamiento de que hemos adquirido alguna virtud. Busquemos en nosotros y veremos que estamos completamente desprovistos de ellas.

147. Busca también, sin cesar, síntomas de pasiones y descubrirás una gran cantidad en ti; como estamos enfermos, no podemos diagnosticarlas a causa de nuestra debilidad o porque están profundamente arraigadas.

148. Dios juzga nuestras intenciones; pero en su gran amor por los hombres, nos pide que mostremos nuestros actos, en la medida en que somos capaces de hacerlo. Grande es aquel que no omite nada de lo que puede hacer; pero más grande quien emprende humildemente una tarea que lo sobrepasa.

149. A menudo, los demonios nos impiden cumplir con lo que es fácil y de mayor provecho para nosotros y nos incitan a emprender cosas más difíciles.

150. Encuentro en las Escrituras que José es alabado porque huyó del pecado y no por haberse mostrado impasible. Debemos preguntarnos de qué pecados debemos huir y cuántos son, para ser alabados. Pues una cosa es huir de la sombra, y otra, correr hacia el sol de justicia.

151. Tener los ojos en tinieblas nos hace tropezar; tropezar provoca la caída y la caída entraña la muerte. Quienes tienen su vista en tinieblas a causa del vino necesitan lavarse con mucha agua; quienes se encuentran en tinieblas por las pasiones deben lavarse con lágrimas.

152. Una cosa es la deshonra; otra, la disipación; otra, la ceguera. La primera es sanada por la abstinencia; la segunda, por la calma y la tercera, por la obediencia y por Dios que, para nuestra salvación, hace que lo obedezcamos.

153. Existen dos lugares donde se limpian las cosas de aquí abajo; tomémoslos como ejemplo para comprender que también existen dos géneros de purificación para los que fijan su pensamiento en las cosas de lo alto (cf. Col 3:2). En efecto, podemos decir que una comunidad cenobítica conforme a la voluntad de Dios se parece al taller de un obrero en el que se cuelan toda la suciedad, la grasa y las deformaciones. Y la tintorería es la vida solitaria, destinada a los que dejaron ya a un lado la lujuria, el recuerdo de las injurias y la cólera y que desde entonces puedan pasar del monasterio a la hesychía.

154. Algunos dicen que recaemos en los mismos pecados porque no cumplimos una penitencia proporcional y que no nos hemos corregido de manera que compense las faltas cometidas. Pero se puede preguntar si todos los que no recayeron en los mismos pecados hicieron penitencia como debían.

155. Algunos recaen en los mismos pecados porque olvidaron profundamente sus primeros pecados, pues su amor al placer los hizo presumir de la misericordia de Dios o perdieron la esperanza de su salvación. Si no temiera que se me reprochara, diría que de ahí en adelante son incapaces de encadenar al enemigo que pelea contra ellos, debido a la tiranía de la costumbre.

156. Deberíamos buscar por qué el alma, aunque es inmaterial, no reconoce la naturaleza de los espíritus que son consustánciales con ella y que vienen a visitarla. Puede ser la consecuencia de su unión con la carne, unión que sólo es conocida por el que las puso juntas.

157. Un día, un hombre dotado de conocimiento me preguntó: "Dime, pues deseo saber, cuáles son los espíritus que corrientemente abaten el intelecto cuando pecamos y cuáles son los que lo elevan." Por mi dificultad en esta cuestión, le juré que no sabía nada. Entonces, quien quería aprender me enseñó, pues él mismo me dijo: "Voy a darte en pocas palabras un germen de discernimiento y te dejaré para que encuentres luego el resto por medio de tu propio esfuerzo. El demonio de la lujuria, el de la cólera, el de la gula, el de la apatía y el del sueño no tienden a abatir el intelecto. Pero los de la avaricia, la ambición, la habladuría y muchos otros añaden esta malicia a su propia malicia; por eso, quien es incitado a juzgar está también muy próximo a estos últimos."

158. Cuando un monje visita a seglares o los recibe como huéspedes, si siente disgusto cuando se separa de ellos al término de una hora o de un día, en lugar de alegrarse como si se hubiera librado de una traba o de una trampa, eso indica que llegó a ser un juguete de la vanagloria o de la lujuria.

159. Ante todo deberíamos observar de dónde sopla el viento y entonces no tenderemos nuestras alas en sentido contrario.

160. Reconforten con caridad y otorguen algún descanso a los ancianos que llevaron una vida activa y extenuaron su cuerpo en la ascesis. Pero obliguen a hacer abstinencias a los jóvenes que extenuaron sus almas por el pecado, recordándoles el castigo.

161. Es completamente imposible, como dijimos en otra parte, liberarse de un solo golpe, desde el comienzo de la vida monástica, de la gula y de la vanagloria. Pero cuidémonos de combatir la vanagloria con la buena comida, pues, entre los principiantes, ceder a la gula engendra vanagloria. Dominémosla por medio de la abstinencia. Llegará la hora, y ya ha llegado para quienes lo desean, en que el Señor la colocará también bajo nuestros pies.

162. Los jóvenes y los ancianos que ingresan en la vida monástica no son combatidos por las mismas pasiones. A menudo, son afectados por enfermedades absolutamente opuestas. Por eso es bendita, verdaderamente bendita, la humildad que asegura a jóvenes y ancianos una penitencia eficaz.

163. No se preocupen por lo que voy a decirles. De hecho, existen aunque son poco frecuentes, almas rectas y extrañas a toda malicia, vicio, hipocresía o estafa que no convienen al comerció de los hombres; ellas pueden, ayudadas por su guía, subir hasta el cielo desde la hesychía, sin haber deseado ni experimentado los problemas y los escándalos de la vida en comunidad.

164. Los hombres pueden sanar a los voluptuosos, los ángeles a los malvados; pero a los soberbios, sólo Dios.

165. Un aspecto de la caridad es dejar que venga a nosotros el prójimo, actuando como lo desee en todo y ponerle buena cara en toda circunstancia.

166. Uno puede preguntarse de qué manera, en qué medida y en qué circunstancias, si es posible, se destruye el bien cuando uno se lamenta de haberlo hecho, como si estuviera mal.

167. Necesitamos mucho discernimiento para saber cuánto debemos resistir, en qué casos y en qué medida debemos luchar contra lo que alimenta las pasiones y cuándo conviene retirarnos de la lucha. Pues, dada nuestra debilidad, a veces es necesario reconocer que vale más huir que perecer.

168. Debemos considerar y observar con cuidado cuándo y cómo podemos evacuar bilis, dada su amargura; cuáles son los demonios que nos exaltan y cuáles los que nos deprimen; cuáles nos endurecen y cuáles nos aportan consuelo; cuáles nos envuelven en tinieblas y cuáles fingen iluminarnos; cuáles nos vuelven indolentes y cuáles, estafadores; cuáles nos ponen tristes y cuáles, alegres.

169. No nos sorprendamos de vernos más sujetos a las pasiones en los comienzos de nuestra vida monástica que cuando vivíamos en el mundo. Pues es preciso que las causas de la enfermedad manifiesten su acción, para que vuelva la santidad. Las bestias feroces ya estaban allí, ocultas, pero no se mostraban.

170. Cuando los que se acercan a la perfección son vencidos accidentalmente por los demonios, deben emplear todos los medios inmediatamente para arrancar esta falta y repararla cien veces.

171. Cuando el tiempo está en calma, los vientos sólo agitan la superficie del mar; pero, a veces, lo sacuden hasta las profundidades; así, me parece, actúan los vientos tenebrosos del mar. Sacuden a quien está sujeto a las pasiones hasta el punto más sensible del corazón. Pero sólo actúan superficialmente en el espíritu de aquellos que están cerca de la perfección. Por eso, estos últimos sienten rápidamente que retorna a ellos la calma acostumbrada, pues su corazón no ha sido alcanzado por las faltas.

172. Corresponde a los perfectos discernir en su alma, sin error, qué pensamiento proviene de su propia conciencia, cuál de Dios y cuál, de los demonios; los demonios sólo sugieren, desde el comienzo, cosas malas. Por eso existe allí un oscuro problema, difícil de resolver.

173. Gracias a la sensibilidad de los dos ojos, el cuerpo se encuentra en la luz y gracias al discernimiento de lo que es visible y espiritual, los ojos del corazón se encuentran iluminados.

 

 

 

 

 

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